lunes, 5 de enero de 2015

Continuación de la escritura personal - Eliana Juarez

Hola amigos lectores!! Hace muchísimo tiempo que no escribo, los extraño. ¿Saben? Está demás decir que no tuve tiempo para publicar, pero hoy, siendo las seis de la mañana encontré el espacio que se merecen, y voy a publicar el capítulo 4 de la escritura personal.
 Para los que estuvieron leyendo los demás capítulos, déjenme decirles que este se viene con todo... Es el punto crucial para saber que sucede después, así que no te lo podes perder... Y sin más preámbulos, disfrute de la lectura mi amiga/o ...


Capítulo 4 

El muchacho se acercó a mi, con aire petulante. Me quedó observándolo impaciente, esperando mi oportunidad para escapar. A medida que lo pensaba, mis posibilidades se agotaban cada vez más ¿A dónde iría? Y si lograba escapar… ¿Estaría realmente a salvo?  
  Mi mente daba vueltas y mis lagrimas seguían el contorno de mis mejillas, sin cesar. 
- Pará piba… Dejá de llorar. 
¿QUÉ ME ESTABA PIDIENDO?¿EN SERIO?¿ DEJAR DE LLORAR? 
- Que inteligente tu petición, me gustaría por un momento pensar que no lo dijiste en serio – Me hice la valiente.

-          Mira, te voy a dejar las cosas bien claras. Acá el que tienen el mando soy yo, vos te callás y haces lo que te digo, y cuando te digo que dejes de llorar, lo haces. ¿Se entendió? ¿O es muy difícil que tu cabeza femenina pueda unir más de 5 palabras que no incluyan maquillaje o chicos?
¿Qué, qué? Me sentía ofendida, mucho muy ofendida. ¿Qué clase de chica pensaba que era? Le había dedicado toda mi vida al arte, a la cultura… Yo no estaba criada con ese pensamiento de chica hueca que sólo quería un novio o tener el mejor  atuendo en kilómetros a la redonda. Yo no era esa chica. No, no, no, no. Yo, Carla… ¿No era esa chica…? ¿Cierto?
Un tornado arrasó mi mente y me vi transportada a unos, muchos años atrás. Donde estaba estudiando… La escuela de arte “Picasso”, vi una chica con su paleta y su pincel. Pintando un cuadro de “verdadero amor”. Ella se veía lánguida , su cabello con rulos caía alborotado en su cintura, su guardapolvo manchado involuntariamente decía cosas que ella no quería ver.
-          ¡MIREN CHICAS! MIREN QUE PATÉTICO LO QUE PINTÓ CARLA   -  Decía una de mis compañeras de clase mientras las demás se reían. Yo estaba acostumbrada a ello, pero su creciente insistencia en molestar, me había colmado la paciencia, sin siquiera mencionar que se burlaba de uno de mis más íntimos sentimientos.
Mi mente hizo un giro de 360° y al segundo siguiente, me encontraba en el baño de casa… Me había encerrado para maquillarme, puesto que Leila y pandilla de zorras me habían hecho bajar el autoestima “Asquerosaaaa! “ Me había gritado “¿Por qué no te arreglás un poco antes de venir al colegio? ¡Sucia! “  y sus amigas se había reído de mi, señalándome para que todo el mundo me vea y comprobara que, una chica, sí… Una de las “del Picasso” no se había maquillado o había usado una pollera por encima de las rodillas. Y ahí estaba yo, con mis inseguridades frente al espejo, pintándome el rostro… Intentando tapar las “imperfecciones”, lo feo. Creyendo que podía por un segundo, tapar mi personalidad y ser como los demás. 
 Como de costumbre, me pinté mal. El delineador que me había pueso en los ojos se me había corrido y la línea era muy poco precisa, entrecortada. Mis labios pintados de café, se veían deformes, imperfectos e inclusive ridículos. Me había puesto una base más oscura a la de mi piel y el rubor era demasiado rosado. Parecía un payaso… O una prostituta de barrios muy muy pobres, con mi pollera de colegiala que usaba en primer año, que por cierto me quedaba chica. Con el escote casi hasta el ombligo de la blusa rojo vivo que le había sacado a mamá de lo más profundo de su guardarropas… BAM! BAM! BAM! Mi padrastro tocó la puerta bruscamente, quería entrar al baño pero no iba a permitir que me viera así de… Provocativa o inclusive ridícula. Había trazado un plan para que él tuviese el menor contacto conmigo, me causaba repulsión.

-          ¡CARLA! SALÍ DE AHÍ ¡DALE! HACE UNA HORA ESTÁS AHÍ ADENTRO. – Me apuró.
-          ¡Ya salgo! – Le dije impaciente, muerta de la vergüenza. No quería que abriera y me encontrara a mi con las marcas que habían dejado los fantasmas de la baja autoestima.
Repentinamente, abrió la puerta del baño. Me analizó con la mirada, de arriba abajo. Con deseo en sus ojos y la perversión de su sonrisa. Esto no iba a terminar bien.

-          Así que… Esto era lo que estabas haciendo… - Empezó a decirme, mientras yo estudiaba la escena para poder salir intacta de ahí. 

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