martes, 25 de febrero de 2014

Escritura personal


 A continuación voy a compartir con ustedes, una historia que empecé el año pasado y guardé. No tiene título y aún no está terminada pero, quiero compartirla con ustedes.

Empieza así...

 Capítulo 1.


Ella estaba asombrada, le encantaba la idea de encontrar a esa persona ideal, ese complemento que tanto había anhelado pero que rechazaba por miedo al dolor. Es incoherente tenerle miedo a un sentimiento, y más si es tuyo. Está ahí a tu alcance, no significa que se pueda controlar, pero sí podes elegir como estar. Yo sé que parece ser lo mismo, pero no lo es porque cuando controlas algo te enfocas en lo negativo o positivo del asunto. Si piensa en lo negativo, por más que no lo desee lo está atrayendo. Pero siempre estamos ahí, frente a nuestra negatividad pensando en "esa persona" que no nos presta atención o que nos trata mal, y nos ponemos a escuchar música deprimente o ver una película romántica con final trágico, eso no nos sirve es como auto-destruirnos.  Usar nuestros sentimientos para confundirnos, eso es lo que logramos.
 La gente es así, romántica, les gusta amar y sufrir, les gusta sentir y eso quiere decir que les gusta vivir. Carla era así, romántica y sentimental, se la pasaba soñando con despertar en la cama un día y que al lado esté el amor de su vida, pero el sistema tenía otros planes para ella.
Esa señorita gozaba del placer de pintar y como artista que busca tener un nombre reconocido se esforzaba al máximo buscando galerías en donde exponer. Publicaba sus obras esperando que a las personas les gustara lo que hacía y a esas otras que les sobraba la plata.
 Ese día le dolía la cabeza y estaba preocupadísima, se había levantado temprano para preparar todo, tenía una enorme lista donde decía qué debía hacer, qué debía llevar y como deberían de salir las cosas. Un error recurrente, puesto que nunca nada salía como lo había anotado. Viajaba en el remis que había reservado con anticipación, tenía que viajar en un coche compartido porque privado le salía más caro. Iba con un hombre que tenía cara de pánico y la miraba con los ojos extremadamente abiertos, tanto, que llegaba a intimidar. El hombre estaba sentado del lado izquierdo del auto en la parte trasera, en el medio iba Carla y del lado derecho viajaban, cómodos y seguros, tantos cuadros como sería posible que entraran. Los demás acompañaban al conductor en la parte de adelante.
 Estaba lloviendo, lo que hacía que ella estuviese aún más nerviosa, el mismo día de la inauguración tenía que acomodar todo ella sola y eso que no vivía muy lejos del lugar. Pero se le hacía imposible trasladar sus cuadros en colectivo, mucho menos a hora pico. A unas cuadras de Av. Rivadavia el hombre que estaba sentado al lado de Carla se bajó, dejándola con el chofer completamente solos. 

- En cinco cuadras, por favor.- Dijo, aunque el conductor no le contestó, sabía que la había escuchado pero aún así él no se había molestado ni en mirarla por el retrovisor, actuando como si ella no estuviese allí. Al estar tan cerca del lugar, Carla decidió revisar que esté todo en orden (Ya saben... Mujeres compulsivas del orden y el control) Metió su mano explorando cada parte de su bolsillo buscando el papel con la lista en la que había anotado todo, hasta que por fin chocó con un trozo de papel arrugado, lo sacó y su alivio se transformó al ver que era solo un pañuelo usado. Siguió buscando eufórica en todos los bolsillos que tenía, el de la campera, del pantalón, cada parte de su bolso... Nada, no encontraba ese maldito papel escurridizo y se estresaba cada vez más y más. 
 Distraída por el papel escapista fue incapaz de notar que el chofer no frenó en su destino, siguió hasta un barrio con fama de ser peligroso, el coche se detuvo. 

 Carla levantó la vista, sin aún darse cuenta de que estaba en un lugar desolado. 
- ¿Cuánto es?- le preguntó, pero él seguía sin contestar. En silencio y paciente, ni la miró. 



Capítulo 2

Entré al auto, ahí me esperaba el viejo como habíamos arreglado. Yo estaba asustado y nervioso, no sabía que decirle ni como tenía que actuar, pero no iba a permitir que él se diera cuenta. 

- Hola Mapache - Me senté en el lugar del acompañante junto con un montón de basura, parecían cuadros robados. 
- ¿Qué tal? ¿Trajiste la guita? - Me preguntó.
- Sí, pero no vas a ver un puto peso hasta que entregues- Le contesté, haciéndome el frío.
- Ja, inteligente muchacho... - Me estaba diciendo, pero yo lo interrumpí acusándolo. 
- Ya me contaron de vos Pache, te haces el nabo y terminas siendo tremendo garca. 
- ¡Eh! ¿Cómo me vas a decir eso pibe? Vos confiá.- Me dijo, inocente. Fui un salame, nunca tendría que haber confiado. Y la piba, esa mina... Pobre, tuvo que pagar por mi inconciencia. 

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Carla creyó que le iban a afanar algo, pero no se imaginó que estaba por entrar a un círculo en el que difícilmente se iba a poder escapar.

- ¿Qué pasa? ¿Quién es él? ¿Dónde estamos? - Preguntó casi gritando, la confusión y el miedo la invadieron por completo. No paraba de decir que se quería ir y que la dejaran en paz.

- ¡Calláte pendeja! ¡Te callas sola o te cayo!- Le grito el chofer "Mapache", ella no pudo contenerse y se largó a llorar. Pero recordando lo que le habían dicho con un nudo en la garganta y litros de adrenalina corriendo por sus venas, guardó silencio considerando la posibilidad de que eso no era un robo.

- Bueno, apurá que tengo que rajar - le dijo el muchacho.
- ¿Cuánto querés por la pendejita esta?- Preguntó Mapache con total naturalidad. Y en esa pregunta se le hundió el alma, llena de angustia su cuerpo se paralizó. Sintió que su mundo se volvía gris, de pronto ningún color existía. Quería correr, escapar, pero no podía tal como un ave enjaulada, esta vez, la jaula era su mente.  ¿Qué podía hacer? ¿Gritar? ¿Huir? Prefirió callar, aún sabiendo que callaba, posiblemente para siempre.




Hasta ahí subo porque si no se hace muy largo. Cuentenme ¿Qué les pareció?

Gracias por leer!

   

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